29 de enero de 2011

Avenida de América

Compruebo el contenido de mi bolso dos o tres veces, palpándolo con la mano y deduciendo de los sonidos la correcta presencia. Las llaves, el tabaco, el mechero, el móvil, los tampones sueltos, los tickets arrugados del Carrefour de Conde de Peñalver.

Luego camino con mi pie malo hasta la boca de metro. Los días que uso tacones -cada vez más frecuentes- lo hago despacio, poniendo cuidado en los ritmos y la distribución del peso sobre el pie pocho. Miro el interior de la peluquería para chonis a la izquierda. A la derecha observo el reloj de una parada de autobús. Los días de lluvia -cada vez más frecuentes- tropiezo dentro de mis botas de agua.

Dos paradas me dejan en el intercambiador de Avenida de América y hace ya rato que temo encontrarme con alguien. Nunca ha pasado en estos seis meses.

Respiro. Cojo el 115 en dirección Aeropuerto con la sensación de haber atravesado el infierno de todas las ciudades del mundo. A menudo pienso en la posibilidad de comprar un nuevo champú o renovar mis sujetadores. Otras, evoco la imagen de un perro negro levantando la pata para mear. La mayoría de las veces no pienso nada y me limito a sentir miedo.

Las tardes pasan rápido y son del gris de la carne podrida o pálidas y deprimentes como los vasos del café. En un despacho lejano reverbera la tos imposible de un viejo.

Cuando vuelvo a casa otra cana me adorna el flequillo negro, brillante como un arenque recién muerto.

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