Me han preguntado mi opinión sobre las flores. Muy bien, ahá, ejem. Bien, no sé cuál es mi flor favorita. No tengo flor favorita aunque sea mujer, ni aunque tenga nombre de flor, ni aunque me haya criado en una casa con balcones.
Cuando pienso en la rosa [y aquí podría haber comenzado: "Pienso en la rosa y...", pero fíjense bien en que no lo he hecho porque no me ha salido de las pelotas] me viene a la mente una bandera rojigualda, y tres o cuatro símbolos más desgastados por su propia belleza, por lo grotesco de su perfección superconsciente (no premeditada ni conocedora de sí, sino simplemente embebida de sí misma; pero no de ese modo sutil y amargo del que hace gala la gente famosa de los libros y los periódicos, sino del modo apasionadamente histérico en que lo haría la gente famosa de la televisión) Las rosas ahora son vulgares, evidentes, redundantes, pretenciosas, chillonas... Sí, las rosas gritan costantemente: no en los brazos de los moros ni ensortijadas en sus matas, sino ya en los regazos de las hembras y los hembros de a pie. Dicen: "¡Aquí estoy! ¡Mírame!", o: " ¡Pertenezco a una puta!", o bien: "¡Soy bella!" Y parece que hablan en nombre de las bocas que callan y las sujetan, porque ya es demasiado tarde para no aceptarlas.
[Aquí iba a poner una foto de mis macetas]
[Aquí falta un cacho]