26 de febrero de 2010

Debajo del agua se piensa mejor

Quien haya vivido su infancia en una ciudad de costa, lo sabe. Y no es que la infancia lo sea todo. Y no es que el agua no sea nada.

Pero ahora pienso que haber crecido así (con el cráneo a menudo bajo el agua), haría que una de las muertes más desagradables, morir ahogada entre cenizas flotantes de otro cuerpo, entre otra cosa oscura y opaca, no resultase tan miserable, o al menos no tan sorprendente como para quien ha convivido demasiado con la tierra.

Pero no me hagáis caso. Al fin y al cabo estoy loca. O al menos eso dice mucha gente. Tal vez porque esa gente no tengan cojones suficientes como para atreverse a afirmar que soy tonta, o al menos no más tonta que ellos.