Se acercan las visitas, la visita. Las visitas siempre son desestabilizantes (me refiero a esas visitas que se prolongan en el tiempo, más allá del rato de cortesía. Me refiero a las visitas que no son en realidad para ver al visitado, sino para hacer uso de sus instalaciones vitales con el objetivo de conseguir un fin diferente). A mí las visitas me gustan, pero me desestabilizan: tener que acompasar tus horarios a los de otra persona, para atenderla, para no dejar que se sienta sola. Claro que todo depende precisamente del grado de dependencia que tenga el visitador. Y en este caso, es alto, creo.
Como estoy preocupada por mi visita, por cómo vaya eso a repercutir en mis cosas, en mis horas, en mis días, en la fina línea que separa mi paz mundial de mi mala leche sanguínea, he roto ya desde el principio el esquema de actuación. No he ido a clase, error fatal para la dispersión del cerebro inquieto, para el que ama las rutinas o para quien las necesita, en cualquier caso, para subsistir.
Cada vez me gustan más. Ahora digo las rutinas, claro. Cada vez las necesito con más ahínco. Se lo expliqué a mi última visita, a mi amigo, y le hablé del placer de frotarse cada noche la cara con tónico facial. Los dos nos sentábamos en mi cama, muy separados, con el disco de algodón mojado en nuestra mano, en nuestra cara. Es importante irse a dormir con el rostro oliendo a culo de mujer, como él decía.
Ahora la costumbre se bebe y se expande por la sangre como nicotina. Estimulantes calientes: café y té a todas horas. Desde que soy narcoléptica los bebo antes de dormir también, sintiéndome muy orgullosa de mi templanza de espíritu, de lo poco que me tiembla el pulso al final del día, seis cafés después. Me duermo rápido en el centro de mi cama grande, rodeada de cojines rojos como una gata persa (y esto también es una rutina, decir esto), sintiendo los pesos cuadrados de algodón alrededor de mí. Y luego me despierto ya de día abrazada a uno solo de ellos, en la misma posición en la que quedé dormida, pero con todo mi cesto de gata persa del revés.
Me tomo tres tés al día y siempre les echo cardamomo lisboeta. Sabe bien. No sabía. He aprendido a que sepa, a base de tomarlo. Al principio no lograba diferenciar su sabor del de la leche o del propio té. Ahora no podría vivir sin él. No sé qué voy a hacer cuando se acabe la bolsa, aunque supongo que nada. El té sabrá a cardamomo para siempre, aunque no lo lleve nunca más, hasta el año que viene, hasta el próximo noviembre.
Car da mo mo.
Car da mo mo.

