19 de noviembre de 2009

Cardamomo

Se acercan las visitas, la visita. Las visitas siempre son desestabilizantes (me refiero a esas visitas que se prolongan en el tiempo, más allá del rato de cortesía. Me refiero a las visitas que no son en realidad para ver al visitado, sino para hacer uso de sus instalaciones vitales con el objetivo de conseguir un fin diferente). A mí las visitas me gustan, pero me desestabilizan: tener que acompasar tus horarios a los de otra persona, para atenderla, para no dejar que se sienta sola. Claro que todo depende precisamente del grado de dependencia que tenga el visitador. Y en este caso, es alto, creo.

Como estoy preocupada por mi visita, por cómo vaya eso a repercutir en mis cosas, en mis horas, en mis días, en la fina línea que separa mi paz mundial de mi mala leche sanguínea, he roto ya desde el principio el esquema de actuación. No he ido a clase, error fatal para la dispersión del cerebro inquieto, para el que ama las rutinas o para quien las necesita, en cualquier caso, para subsistir.

Cada vez me gustan más. Ahora digo las rutinas, claro. Cada vez las necesito con más ahínco. Se lo expliqué a mi última visita, a mi amigo, y le hablé del placer de frotarse cada noche la cara con tónico facial. Los dos nos sentábamos en mi cama, muy separados, con el disco de algodón mojado en nuestra mano, en nuestra cara. Es importante irse a dormir con el rostro oliendo a culo de mujer, como él decía.


Ahora la costumbre se bebe y se expande por la sangre como nicotina. Estimulantes calientes: café y té a todas horas. Desde que soy narcoléptica los bebo antes de dormir también, sintiéndome muy orgullosa de mi templanza de espíritu, de lo poco que me tiembla el pulso al final del día, seis cafés después. Me duermo rápido en el centro de mi cama grande, rodeada de cojines rojos como una gata persa (y esto también es una rutina, decir esto), sintiendo los pesos cuadrados de algodón alrededor de mí. Y luego me despierto ya de día abrazada a uno solo de ellos, en la misma posición en la que quedé dormida, pero con todo mi cesto de gata persa del revés.

Me tomo tres tés al día y siempre les echo cardamomo lisboeta. Sabe bien. No sabía. He aprendido a que sepa, a base de tomarlo. Al principio no lograba diferenciar su sabor del de la leche o del propio té. Ahora no podría vivir sin él. No sé qué voy a hacer cuando se acabe la bolsa, aunque supongo que nada. El té sabrá a cardamomo para siempre, aunque no lo lleve nunca más, hasta el año que viene, hasta el próximo noviembre.

Car da mo mo.

14 de noviembre de 2009

El opinador profesional

Tengo un grave problema: no tengo opinión sobre nada y me invento cosas para salir del paso, de ese paso que es tener opinión sobre las cosas. Debo entender que eso se debe a mi desconocimiento sobre las causas y las consecuencias de los hechos en sí, sobre mi desconocimiento sobre los hechos en sí. Debo entender que eso se debe a alguna disfunción de mi capacidad cerebral. Se supone que debo entender algo y no entiendo nada.

12 de noviembre de 2009

Facebook No Vol. I: la falsa sensación de esterilidad viajera

He llegado hoy de mi periplo portugués con el yet lag ínfimo que producen los desfases horarios mínimos y el ancestral que ha propiciado en mí el consumo masivo de pasteles de nata (que en realidad son de crema). Como es costumbre, no he deshecho la maleta, porque sabe Dios que la maleta no ha de deshacerse antes de una semana después del viaje, acumulando sedimentos de vida internacional en su seno acolchado, dando fe del recuerdo vivo aún en las retinas; porque el viaje no se acaba de verdad hasta que no se vuelve a colocar el equipaje en su sitio, hasta que no se acaba con la existencia de ese ente pesado.

He llegado, digo, y no sabía qué hacer. ¿Qué hacer? Ah, sí, las fotos, coño. Las veo, las paladeo, las disfruto rememorando fugazmente los recuerdos recientes en esos pantallazos congelados. Y después qué. Cuando las cámaras eran analógicas, proseguía el consecuente enmarcado, albumizado en sus espacios pegajosos: clasificación y ordenado selectivo de recuerdos falsos, de trampantojos biográficos. Pero ahora no, ya no tiene sentido. ¿Y qué se hace, si además no tienes Facebook? ¿Dónde exhibes todo el nebuloso recuerdo? ¿Qué noticia tendrán los demás del engrosamiento de tus experiencias, de aquellos con quien compartes tus tiempos de ocio sublime? Nada, "o esos pámpanos blancos que ardieron a destiempo en la laxitud inmensa [...]".

Y por alguna razón siento que de este modo me libro de un enorme compromiso. De un gran compromiso de esos que sólo se pone uno mismo creyendo que son de otros, y que son los peores de todos. Hice fotos sin tener Facebook. Hice fotos para mí o para nadie. No hice intentos de arte e hice recuerdos.

La foto más fea e irrelevante de mi viaje a Lisboa.

2 de noviembre de 2009

Un post sobre una fiesta


Es imposible, y menos mal (porque debería estar moralmente vetado, jurídicamente prohibido), escribir un post sobre una fiesta. Es imposible escribirlo mientras dicha fiesta ocurre por circunstancias evidentes que anularían el propio sentido del festejar. Tampoco un post fiestero escrito inmediatamente después de dicho guateque tendría validez según el Decálogo del blogger violetero 2009, ya que, cito textualmente el santo documento, "La ingesta de alcohol, comida y/u otros estupefacientes, además de la tensión y esfuerzo que supone desplegar todas las vanidades en público, alteraría por completo la visión final del evento al que se ha asistido, privándolo de la dimensión global de su significado en nuestro presente".

Lo malo es que pasadas las horas reglamentarias de comatoso sueño ya no hay fiesta que valga y eso también condiciona, y como todo lo que condiciona, empuja a la imperfección. Hay alcohol en el cuerpo, extremidades condolidas, recuerdos y falta de ellos; apetitos mejor o peor satisfechos, ganas o arcadas cuando se piensa en la perspectiva de la repetición. Surgen dudas y aparecen certezas donde antes había otra cosa sin nombre. Hay demasiadas dicotomías que solventar para proyectar el sentimiento unitario que nos generó el festejo en su momento cumbre, en el nudo narrativo de esa fiesta a la que fuimos o a la que nos vinieron. Y lo que queda ya no es fiesta, lo que queda son recuerdos, moratones y resaca, salones enteros pegados al suelo del salón: consecuencias. Esto ya no es noticia, es crónica. Y por una crónica dejé yo el periodismo antes de empezarlo.

Pero ayer un grupo de bloggers y yo nos comprometimos a escribir un post sobre una fiesta, y aunque nadie creyera ni en sus propias palabras tengo que deciros que doña Rogelia no promete en vano. Y que os amo y que volváis pronto a mi casa, que os espera siempre con las puertas abiertas (porque ya no quedan pestillos).
Y Adiós.

Por si os enteresa fabricároslas en vuestra casica. Hale.

26 de octubre de 2009

Perfil de Blogger

Información ampliada.

Intereses: Ganar premios sin hacer el esfuerzo de presentarme; recibir dinero por el simple hecho de existir (esto es, ser eternamente hija de mi puñetera madre, y después, si se puede, del Estado); recibir becas alegando una pobreza que no me concierne; menospreciar y envidiar (o admirar solamente) a otras clases sociales mediante la disparidad de la aurora boreal; clasificar a seres humanos y llevarme buenos guantazos y buenas autocomplacencias vacuas; morirme tal vez un día, llegado el momento; luchar por todos los cacahuetes de un plato variado (añadiendo así, con esta concesión a los pequeños detalles estéticos de la vida hedonista, un toque femenino a mi pose preconcebidamente cabreada, como la de la lesbiana presbiteriana que no soy); sentir que todo esto que estoy escribiendo y las conclusiones que de ello pueda extraer el lector me importan, sinceramente, una puta mierda, y al mismo tiempo demasiado, porque no quiero ser nada, no quiero ser todo, no quiero aparentar ni dejar de hacerlo. No quiero. No quiero nada para nadie y quiero todo para todos, y eso es afortunadamente tan común que me aterra, se me encoje el chichi: el saberme tan parecida a todos, y a nadie y a todos otra vez, y que ello me asuste y me reconforte. Saber que todo lo que digo deja un regusto a "Esto ya lo he oído yo" o en el mejor de los casos a "Esto ya lo he pensado". Y joder, qué maravilloso es eso. Negarme a mí misma, negar a la gente que me rodea, y aceptarla, de repente, aceptarnos sabiendo de antemano que esto era tan evidente que ni siquiera hacía falta pensarlo ni mucho menos comunicárselo a otros porque es tan horroroso y tan magnífico que está ya asimilado por nuestra condición de comedores de patatas-gajo y anti patatas-gajo y, como mucho, agnósticos de las patatas-gajo, sin tener en cuenta las excepciones que confirman la regla y que tienen demasiado que ver con la regla como para no amarlos o que no me den asco porque, al fin y al cabo, han pensado alguna vez en las patatas-gajo o no lo han hecho pudiendo hacerlo. Porque ni siquiera esto es importante durante mucho tiempo. No estoy preparada para la dualidad, sinceramente. Y al mismo tiempo, soy el animal más perfecto para ella. Y mira, la única solución que se me ocurre es una solución intermedia. Y las soluciones intermedias nunca satisfacen a nadie y satisfacen a todo el mundo porque todos saben que el otro se queda un poco jodido. Y así se duerme mejor o se queda uno despierto más a gusto toda la noche sin poder dormir, sin poder ser esclavo del sueño.

24 de octubre de 2009

Ama de casa, mi vocación oculta

El otro día escuché o vi (o las dos cosas a la vez), en fin, watcheé, digo, una de esas noticias irrelevantes que nos ofrece Antena 3 en su cada vez más amplia y penosa sección de sociedad, algo así como que realizar las tareas domésticas en pareja es afrodisiaco. -¡Y un cojón!-, pensé yo. Vale que es muy emocionante eso de jugar a las cocinitas juntos en los primeros tiempos de una relación: un poco de curry por aquí, un pelín de paprika por allá y qué exóticos somos y cómo nos vamos a hartar de follar después de preparar este plato oriental que hemos sacado de Milrecetas.com porque nosotros sólo sabemos en realidad freír patatas congeladas y calentar contenidos de tuppers, aunque eso no se lo hayamos confesado a nuestro pichoncito/a. Pero quitando esa faceta snob gastronómica que al final termina pasando (ahí tenemos a mi madre y a mi padre pegándose gritos entre fogones los días señalados del año), pensé que y una puta mierda iba a ponerme a mí cachonda eso de remendar calcetines, fregar suelos y calentar papillas, aún con la ayuda de un apuesto efebo; porque a mí lo que me pone son las fresas y el champán, y la espuma, y el hedonismo a mesa puesta, y tal vez las empanadillas de pisto.

El caso es que hoy, en uno de mis ataques maniáticos de fregar cosas que no he ensuciado yo (algún día escribiré un post sobre mi nueva compañera de piso y su novia, la doble retrasada mental de Frida Kahlo), me ha dado por ponerme a limpiar toda la casa en soledad asceta y he tenido una experiencia bastante cercana al onanismo. No sé si ha sido el burbujeo del estropajo restregándose contra las copas o tal vez el tacto frío del agua corriente al deslizarse por encima de mis guantes de látex color condón medieval, pero oye, me he puesto de lo más turbia. Y entonces he recordado esa placidez que me invade cuando realizo ciertas tareas domésticas y en la que yo, oh mente prejuiciosa hacia el trabajo, nunca había reparado: la agradable humedad amorosa de la ropa al salir de la lavadora, el tacto casi obsceno de mis bragas mientras las sujeto con una pinza de madera, el agradable aroma a Mimosín que trae el aire cuando se cuela por entre aquellos calzoncillos perdidos dentro del cesto de la ropa sucia y que ahora se vapulean trémulos en la cuerda de tender. Oy, oy, oy.

Y entonces he valorado una opción que nunca antes me había planteado para mi futuro profesional: ¿por qué una mente preclara hacia la sensibilidad táctil como la mía está desperdiciándose en los pasillos de una facultad? ¿Por qué esas enormes crisis existenciales en medio de la madrugada, agazapada fetalmente sobre una manta de delfines con soriasis, ante la autopresión de dedicar mi vida a actividades creativas y/o intelectuales que me realcen como ente autónomo y destacado de la contemporaneidad? Yo lo que quiero es fregar cacharros, mantener mi casa en orden y concilio, dirigir mi pequeño terruño sin que nadie me joda durante la mañana, comprar hortalizas frescas a mi amigo el chino y después no comérmelas. Quiero ser ama de casa. Pero la contemporaneidad no me lo va a permitir porque no hay nada que ella esté dispuesta a permitirme, salvo el hecho de fantasear con futuros idílicos, golpes de suerte, empalmes del destino. Soñar sigue siendo gratis, al menos de momento. Asine que arriba Vitroclen. I love Pato wc. Epicentro chichil.



Esta soy yo haciendo mis cosicas.

13 de octubre de 2009

Follarse a un profesor: el mito

Siempre he sido bastante escéptica ante ciertos tópicos de atracción propios de la fémina, todo aquel rollo de los uniformes (policía, bombero, fontanero, médico) y demás, asociados siempre a una serie de objetos fetiche (porras y esposas, mangueras, llaves inglesas, guantes de látex). Qué le vamos a hacer, una es poco materialista, muy espiritual.

Pero luego hay una serie de clichés sexuales que me fascinan, todos aquellos relacionados con los roles que cada portador de genitales lleva a cabo en el acto de la seducción, más que en el acto sexy en sí. Aquí están los clásicos enfermera-abuelitodesvalido, jefe-becaria, monja-asesor fiscal (esto son cosas mías) y cómo no, el imprescindible profesor-alumna. Este, este último, en fin, no conozco a mujer a quien no le ponga el chichi en modo splash.

Sin embargo, no sé de ninguna amiga mía que se esté follando ahora mismo a un profesor (y les digo yo que ya me habría enterado). Pero es cierto que podría elaborar una extensa lista de mujeres que se han enamorado o que van a enamorarse perdidamente de uno de sus maestros (y que vienen a ser el 90% de las mujeres a las que conozco). Este tema me provoca muchísima curiosidad, sobre todo desde que me he enamorado de un "profesor". Así que me pregunto entonces por qué no están todas las alumnas de institutos y universidades españolas trabajándose a sus profesores, y me doy cuenta de que no conozco la opinión del otro, del macho, del rol didáctico de todo este asunto. Y le pregunto a Él:

"Es inevitable acabar follándote a tus alumnas. La mayoría de hombres que se meten en esto, lo hacen bajo la promesa de hundir la picha en carne fresca. Cuando uno pasa tantos años metido en el mundo universitario se da cuenta de que, al final, es el tinte que cubre todas las relaciones humanas académicas, como el resto de las relaciones".

No me dijo exactamente eso. De hecho, nada demasiado parecido a eso, pero bueno, como si lo hubiese dicho.

Parece pues que el profesor está más interesado (si cabe) en follarse a su alumna que viceversa. ¿Qué ocurre entonces? ¿Por qué no hay bandejitas con preservativos en los despachos de tutorías? ¿Por qué no me ha llamado todavía ningún profesor para invitarme a un café y charlar sobre la vida mientras me mete mano bajo un grueso tocho de fotocopias sobre la obra de William Faulkner? La respuesta a este último interrogante universal ya la conozco (William Faulkner me da asco y, en cuatro años de carrera, habré ido a clase unas tres veces, olvidando siempre entregar mi ficha. Además, no soy nada atrevida, no hablo demasiado en clase. Nunca tengo suficientes obviedades que apuntalar o redundancias que redundar). Sin embargo, no me explico nada sobre el resto de cuestiones, así que trato de buscar la respuesta en el carácter sexual mismo de estas relaciones profesor-alumna.

Hay algo (o mucho) de platónico en todo esto. Platónico no por falta de voluntad de consumación (a lo que se asocia normal y, desde mi punto de vista, equívocamente, este concepto), sino por aquello de la cercanía a la abstracción, al mundo de las ideas. Lo platónico es el arte de la sugerencia, lo contrario al porno animal (que no es, para nada, sinónimo de amor): follarse a un profesor es follarse al molde de la superioridad intelectual, es follarse la contraexperiencia, es follarte a tu propio padre embutido en el alma de un ser obtusamente contrario a tu padre (aunque reconozco que todo esto pueda resultar demasiado freudiano para ser cierto.) La alumna que se folla a su profesor no se lo folla para tener un diez en su expediente, sino porque se asegura la dominación psicológica que toda hembra naturalmente sumisa necesita. La alumna que quiere follarse a su profesor quiere robarle toda su sapiencia a través del semen mismo de la luz exterior, discurriendo por su oscura garganta cavernícola de niña; tiene prisa por conocer La Verdad, y además es más puta que las gallinas.

El profesor, por su parte... En fin, debe de ser muy gratificante follarte a alguien que es mejor que tú pero que todavía no lo sabe. Alguien con el coño estrechito que te recuerde lo estimulante que puedes llegar a ser a pesar de estar perdiendo la consistencia de tus pelotas y adoptado Denia como lugar de residencia veraniega habitual junto a la gorda de tu mujer. Es un tópico, pero y qué no lo es.

De una forma u otra, todo este universo es fascinante y nadie debería salir de la universidad sin haberse follado a un profesor. Y no soy yo la única que lo dice. Y si no miren el cancionero popular:



Vídeo por cortesía de Mme. Millana Astray

Terror terrícola ante la mariquita asesina

video

11 de octubre de 2009

Si yo no fuese yo, me tendría envidia

Hace sol, estoy en Madrid, es domingo y sin embargo mañana no es lunes. Me he empapuzado de parusía y de lasaña vegetal con vino espumoso. No hay nadie en casa. No va a haber nadie en casa en las próximas 24 horas y, sin embargo, todo está ordenado, incluso lo que no se ve. Tengo alcohol y música en el frigo como para caer en coma. Tengo mis poemas en euskera, El libro de Rachel, la juventud, las tetas, un resquicio aún de confiada inocencia; mi ordenador polvoriento, papel higiénico de sobra. Tengo telas de araña brillantes bailando en la cortina, tarta de manzana en una caja bonita. Tengo mucho tiempo y alguna cosa que hacer. Y las sábanas huelen a colonia limpia y mis calcetines son nuevos. Ya he perdido el miedo a ser demasiado cursi o demasiado obscena. Y tengo las ganas de no vivir de más, de no morirme nunca.

Pero no sé si mi felicidad es pura, porque veo esto y me descojono. Y pienso en lo absurdo del regocijo en los males ajenos y me descojo más todavía:

10 de octubre de 2009

¿Qué puta maravilla es esta? ¿Qué coño?